Revista¿Quién toca la puerta?
By David R. Aquije, Fotos de Sean Sprague
Los serenos ojos celestes de la Hermana de Maryknoll Helen Werner no se cansan de transmitir amor. Por 23 años, han mirado con compasión el lento regreso a la normalidad de Lemoa, un pequeño pueblo que todavía siente la resaca de los años de violencia en Guatemala. Los surcos que en su rostro ha dejado el tiempo y las ondas de su cabello níveo se enternecen cada vez que asoma su dulce sonrisa.
"Nunca sabemos quién vendrá a tocarnos la puerta", dice con su temblorosa y alegre voz de abuelita al recibir a la visita, un reportero y un fotógrafo de Revista Maryknoll. Ella y la Hermana de Maryknoll Connie Pospisil han preparado un especial almuerzo, cotidiano para ellas, sui géneris para nosotros: la ensalada, los frejoles, el postre de calabaza y la limonada se hicieron con productos que ellas cosecharon de su pequeño jardín y que calentaron en dos rústicos hornos solares que tienen para minimizar el consumo de gas y electricidad.
Werner y Pospisil son miembros de la comunidad contemplativa de las Hermanas de Maryknoll, religiosas que dedican su vida a la oración, adoración en comunidad, silencio, soledad y penitencia. Pero ellas, van más allá y casi forman parte del pueblo de Lemoa, donde siempre dan la bienvenida a las personas que tocan la puerta.
Desde que Werner de, Fowler, Michigan, se unió en 1938 a las Hermanas de Maryknoll, vivió enclaustrada en el convento de las Hermanas en Ossining, New York. Pero con los cambios surgidos a partir del Concilio Vaticano Segundo, la comunidad de Hermanas enclaustradas pasó a ser la comunidad de Hermanas contemplativas y recibieron invitaciones para desarrollar su ministerio en el extranjero. Pospisil, una enfermera de Rickville Center, New York, sirvió como misionera en programas de salud en Chile por dos décadas, y en Brasil, donde ayudó a formar un centro de salud holística para mujeres, antes de unirse a la comunidad contemplativa y ser asignada a Guatemala hace seis años.
Werner y Pospisil son las centinelas de la Iglesia San Vicente de Lemoa, una iglesia semi abandonada que necesita ser restaurada urgentemente y que se levanta señorial en una amplia y polvorienta explanada usada semanalmente para que se congregue el mercado local y anualmente para fiestas patronales. A la iglesia sólo llega un sacerdote una vez al mes y sus altares parecen diminutas cárceles de acero para evitar el robo de sus últimas reliquias. Las Hermanas, quienes viven en las reparadas habitaciones aledañas a la iglesia alrededor de un inmenso patio, abren la iglesia para permitir que los lemoeños ingresen a encender sus velas, inciensos y rezar, y con frecuencia ellas los acompañan en sus rezos.
La congregación Hermanas de Maryknoll fue invitada a servir en Lemoa como parte del esfuerzo de la Iglesia de Guatemala para reocupar las iglesias de El Quiché, que por dos años fueron completamente abandonadas debido a la violencia, masacres y asesinatos que incluyeron los de religiosos
y catequistas.
En 1996 se firmó un acuerdo de paz que puso fin a 36 años de guerra civil en Guatemala en la que murieron más de 200,000 personas.
"Las Hermanas de Maryknoll pensaron y dijeron tal vez es mejor enviar a las Hermanas de la comunidad contemplativa, para que sean una presencia de perfil bajo entre la gente y como una señal de apoyo y de estar presente, para rezar con ellos, para rezar por ellos, para escucharlos, simplemente para estar aquí, con ellos", dice Werner, destacando la importancia de su ministerio. "Estuvimos encantadas con la invitación. Tres de nosotras vinimos en ese entonces".
Aunque la vida de Werner y Pospisil está dedicada a la contemplación, cada una tomó la iniciativa personal de brindar otro tipo de ayuda a sus vecinos pobres. Con donaciones de amigos y familiares en Estados Unidos, Werner subvenciona los gastos escolares de 15 pequeños de Lemoa. Cada uno necesita un promedio de 400 dólares anuales para pagar la escuela, los uniformes y los útiles escolares. Por su parte, Pospisil, mientras intentaba aprender el idioma quiché, conoció un grupo de 35 viudas y al saber sus necesidades inició un proyecto de construcción de viviendas. Con fondos iniciales de las Hermanas de Maryknoll, y actualmente con fondos de otras entidades, Pospisil ayuda a construir casas de adobe de 12 por 8 pies de largo y techo de tejas a un costo promedio de 2,500 dólares cada una.
"Desde que empecé el proyecto hace tres años hemos construido ocho casas. Ahora tengo una lista de espera de 16 casas", dice Pospisil. "Si las cosas se ponen mejor podríamos construir dos casas por año".
Dos pequeñas vecinas, las hermanitas María y Lucía, irrumpen alegres, descalzas y con sus caritas sucias en el comedor de las Hermanas de Maryknoll. Las niñitas indígenas no hablan español pero se entienden muy bien con las misioneras. "El lunes es el día de las galletas", dice Pospisil. "También vienen por flores, botellas, dulces, pero principalmente porque necesitan atención."
Más tarde llega otra visita, una mujer que trae una gallina viva como obsequio para las Hermanas. Al día siguiente llega a la puerta Bartola Castro. Ha traído unos huevos de regalo y acompaña a las Hermanas a la pequeña capilla donde rezan juntas cada 15 días.
"Con la ayuda de ellas vengo aquí a orar y pasar los tiempos. Me aferré a mi fe", dice Castro. Su esposo y su hijo fueron asesinados en la época de la violencia.
"¡Acuéstese vieja!" cuenta, como si fuera ayer, que le dijeron los efectivos militares que entraron a su modesta vivienda para llevarse a su esposo e hijo en ese fatídico año 1982. "Me quedé sola con mi nuera y nietos, una de un año, uno de cuatro, y una nena de un mes".
Sus nietos ya son mayores, una de ellas es maestra en el pueblo, y Castro lleva una relación de vecindad, de amistad, como de familia con las Hermanas de Maryknoll. Ella es una de las tantas personas que llegan a tocar la puerta de las misioneras quienes sienten que se han vuelto parte de la comunidad, porque no sólo reciben sino también son invitadas a las casas de las familias de Lemoa, a los servicios comunitarios y a las casas de oración.
La exquisita merienda está servida y Werner da las gracias por los alimentos y termina su oración, "... y oramos por las personas que puedan estar con hambre hoy".
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