RevistaDe masacre a redención
By David R. Aquije, Fotos de Sean Sprague
En el caserío El Mozote, un pueblito escondido entre las montañas de Morazán en El Salvador, se vive un día festivo. El sol arrulla la larga jornada en la que decenas de pobladores participan: los hombres han sacado las bancas de la iglesia porque la Misa se celebra hoy al aire libre y el coro de niños y niñas practican sus temas mientras se espera la llegada desde la capital del Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de San Salvador, Gregorio Rosa Chávez, quien va a concelebrar y predicar la homilía.
Afuera los vendedores ambulantes se acomodan para vender algodón de azúcar, pupusas, artesanías y recuerdos; los niños, algunos acaso vistiendo sus mejores prendas, corren levantando el polvo de la calle sin asfalto seguidos por perros caseros y flacos quienes además husmean los rincones en busca de algo que comer.
En la iglesia de El Mozote, Dorila Márquez acomoda con destreza los jazmines, flores de pascua y narcisos que ha recogido del campo para adornar una corona que ella ha hecho con ramas de ciprés. Su semblante refleja serenidad. Es difícil anticipar la historia que está por contar.
"Aquí estábamos cuando pasó ese operativo. Me da mucha tristeza lo que pasó", dice mientras retrocede 27 años a ese infame 11 de diciembre en el que ocurrió la masacre en la que murieron 819 personas. Fue el resultado de un operativo militar anti guerrillero a manos de efectivos militares de El Sa vador, muchos de ellos entrenados en la anteriormente llamada Escuela de las Américas de Estados Unidos.
"Nos tiraron ráfagas. Me dice mi hijo de cinco años, '¡ay! mami me pegaron', 'no papito ha de ser una espina'. Subió el piecito, [la bala] entró y salió por el talón. Fuimos hasta un abismo", dice Márquez. Ella, su esposo e hijos huyeron a la casa de un familiar fuera del pueblo cuando notaron que los militares estaban matando a los pobladores. "Viera cómo se sentía el olor a carne asada. El escalofrío. Salió un soldado siguiendo a una niña con un niño cargado en la cintura. A la gente la mataron y la quemaban".
Los Márquez volvieron al pueblo después de un mes de la masacre.
"Ahí estaban los cuerpos, ya sólo estaban los huesitos que las hormigas habían cubierto. Mi esposo vino (con otros vecinos) a enterrarles con los demás", continúa Márquez, su semblante sereno se ve perturbado. En la matanza murieron su papá, mamá, hermano y hermana. Ella explica que luego los militares tiraron volantes explicando que las personas muertas eran guerrilleros. "Pero mi papá estaba anciano y no estuvo en una reunión de ninguna clase".
Los 378 niños asesinados tampoco eran guerrilleros. El Padre Rogelio Ponseele, quien lidera la procesión y entierro de los restos de uno de los niños masacrados en El Mozote, explica el horror de la masacre. Los restos, una parte de cráneo y otro huesito--reliquias que por muchos años estuvieron en exhibición en la sala de mártires en el Centro Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana (UCA) en la capital salvadoreña--fueron devueltos a solicitud del pueblo para ser enterrados en su tierra natal.
"Lo que aquí sucedió no tiene nombre, no tiene justificación", dice con vehemencia Ponseele durante el responsorio. "La tierra fue arrasada, esto fue un exterminio de civiles en una zona de actividad de guerrilla bajo el concepto de quitarle agua al pez". Según ese concepto, las fuerzas armadas buscaron exterminar las zonas de actividad guerrillera a través del exterminio masivo de civiles, según el reporte de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas para El Salvador.
A pesar que el informe de dicha comisión encontró responsable de la masacre a las fuerzas armadas salvadoreñas, el pueblo todavía clama por justicia. "El camino a la reconciliación pasa por la reparación moral, material y el perdón. La ley de amnistía no tiene cabida en este caso", dice Ponseele.
El Padre de Maryknoll John Spain da la bienvenida a la Misa por el 27 Aniversario de la masacre de El Mozote e invoca a los presentes a "sin odio y sin venganza encontrar vías para sanar las heridas dejadas por esta masacre".
El sacerdote nacido en Troy, New York, ha servido como misionero en Nicaragua y El Salvador, adonde llegó en 1971. En 1981, el liderazgo de Maryknoll le pidió a Spain y otros misioneros salir de El Salvador pues se temía por sus vidas debido a la guerra civil que se libró en ese país entre 1980 y 1992.
Spain regresó a El Salvador en 1991 y desde entonces ha realizado un ministerio pastoral y de acompañamiento al pueblo pobre. Es un misionero delgado, de buen humor y risa contagiosa quien tiene un conocimiento amplio de la realidad socioeconómica del país y habla español con acento salvadoreño.
"Yo he tenido el privilegio de llegar a El Salvador cuando nadie sabía dónde estaba", dice el misionero quien conoció y trabajó en persona con mártires salvadoreños como el Arzobispo Oscar Romero y el Padre Rutilio Grande. Su mayor reto sigue siendo la formación pastoral y, dice, realiza su ministerio desde el rol secundario de la presencia y la motivación. Spain ayuda al párroco Juan José Cruz en la parroquia San José Obrero en Morazán, que abarca 24 comunidades en dos municipios.
El calor es fuerte y la Misa larga, pero la gente congregada en la plaza de la iglesia escucha con atención.
"Este es un lugar de memoria donde los huesos hablaron. Durante muchos años decían que no había pasado. Se escarbó la tierra, el sufrimiento, el dolor, pero también la verdad", dice la representante de Tutela Legal y Psicóloga de la UCA, Sol Yánez, en su discurso sobre los efectos de la guerra y la importancia de la memoria. "Sin la memoria las víctimas quedan al lado de la historia. Darle nombre a las víctimas es romper el silencio, le da existencia a las víctimas y les devuelve la dignidad. Lo sabía (Oscar) Romero, él daba nombres en las homilías". El Arzobispo Romero fue asesinado mientras celebraba una Misa en marzo de 1980. La causa de su canonización fue introducida en 1994 y el Papa Juan Pablo II lo nombró Siervo de Dios.
Tutela Legal es la comisión de justicia y paz de la Arquidiócesis de San Salvador encargada de la promoción y defensa de los derechos humanos. Investigó la violencia ocurrida en los caseríos de Morazán, incluyendo la masacre de El Mozote.
La masacre puso en el mapa a El Mozote, que de otro modo sería un cantón desconocido. En frente de la iglesia hay una tiendita donde se vende libros, videos y audios con información sobre la masacre. Tiene además memoriales que son visitados por personas que peregrinan por los lugares de los mártires de la guerra civil salvadoreña. Los memoriales, sin embargo, no testifican el horror de la masacre, la muerte, sino invitan al perdón y la redención.
"Hay una nube que se convierte en arco iris, símbolo de paz, reconciliación. Han dibujado niños que van al cielo, al sol. Se ha querido plasmar un cuadro de esperanza y no de muerte", dice Ponseele describiendo el mural junto al Jardín de Reflexión de los Inocentes. Bajo el mural están escritos los nombres, apellidos y las edades de los 378 menores asesinados en la masacre de El Mozote y caseríos vecinos.
Tras la Misa, obispos, sacerdotes y pueblo llevan en procesión los restos del niño quien podrá finalmente descansar en paz junto a otros restos en suelo del monumento a las víctimas. Ponseele carga en sus brazos el diminuto féretro blanco. Decenas de arreglos florales son depositados en el monumento. La gente reza y canta. Un ambiente de alivio se percibe después del entierro. Es un día festivo en El Mozote. No se celebra la muerte sino la vida.
Dorila Márquez y su esposo volvieron a vivir a El Mozote porque allí tienen, "un pedacito de tierra y no queríamos que estén mis hijos rodando, que estuvieran donde nacimos". Su familia es pobre. El esposo trabaja en el campo, Márquez no trabaja, sus hijos no podrán ir a la capital a estudiar en una universidad al terminar la secundaria. Pero a pesar de haber sufrido el dolor de escapar una masacre donde murió su familia, ella tiene una riqueza en su fe.
"Estudio la Biblia y Dios dice que hay que perdonar. Yo le pido a Dios que me ayude a no odiar a nadie, que mi corazón sea humilde. Tal vez si odiara pidiera muerte pa' los que hicieron eso. Yo lo que quisiera es que reconocieran (su error) y que pidieran perdón", dice Márquez. "Yo sí, yo los perdono de corazón. Dios conoce mi corazón, nosotros no debemos maldecir. No se cae la hoja de un árbol sin la voluntad de él".
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