RevistaTraer el amor de Cristo
By Margaret Gaughan, Fotos de Octavio Durán, O.F.M.
Es un miércoles al anochecer a principios de septiembre y el Padre Iván Trujillo con un grupo de voluntarios se preparan para visitar unos vecinos especiales: los trabajadores migrantes hispanos en la zona noreste de la Diócesis de Buffalo, New York. "Cada miércoles en la noche celebramos la Misa en español, distribuimos frazadas, ropa, comida y pasamos un rato con los migrantes en por lo menos uno de los 100 campamentos en esta región", dice Trujillo, mientras ayuda a poner los suministros en un camión afuera de la Iglesia Resurrección en el noreste del pueblo de Batavia, donde es párroco.
Esta noche lo acompaña Marcia Huber, la administradora de la parroquia, quien es también miembro del equipo voluntario, y Jackie Motz y Hunter Dudkiewicz de la vecina parroquia Padre Pio, quienes vinieron a darle una mano.
Ya con el camión lleno, Trujillo se pone tras el volante y el contingente sale a su destino. "Algunos miércoles visitamos dos o tres campamentos", comenta Trujillo dirigiéndose hacia el norte. "Usualmente manejamos 75 ó 100 millas en una noche".
Esta noche sólo visitan un campamento, Ramshaw Road Camp, adonde 28 migrantes, todos mexicanos, llegaron la semana pasada para recoger manzanas por dos meses; luego regresarán a México.
En camino al campamento, Trujillo reflexiona sobre su propio viaje a Buffalo desde su patria, Bolivia, donde dos misioneros de Maryknoll, el Padre John Gallagher y el Hermano Bonaventure Redman, fueron sus mentores y lo animaron a continuar sus estudios para el sacerdocio en Estados Unidos. "Era una época de gran tensión social en Bolivia", dice Trujillo, y añade que él fue el único sacerdote hispano en la Diócesis de Buffalo después de su ordenación en 1985. "Quería servir a los hispanos", dice, "y encontré las mayores necesidades en los campamentos migrantes, donde la mayoría de los trabajadores son de México, otros son de Guatemala, El Salvador y Honduras".
Además de su trabajo pastoral en Resurrección, la parroquia más grande en el condado de Genesee, y de ser capellán en la prisión y el hospital, Trujillo encuentra tiempo para visitar los campamentos migrantes varias veces a la semana. El miércoles trae su equipo.
Hoy, como de costumbre, la Hermana de San José Judith Justinger, quien trabaja en la Oficina de Ministerio a Migrantes Hispanos de la Diócesis de Buffalo, y Penny Gardner, de la Diócesis de Rochester, se unen al equipo antes de entrar al campamento.
Tocando una campana, Trujillo anuncia la llegada del grupo y los migrantes salen de sus barracas, donde viven cinco en un cuarto y comparten la cocina y el resto de la vivienda. Se ven cansados después de un arduo día de trabajo, pero parecen recuperar energías cuando Trujillo los saluda. A veces sus familias vienen con ellos, dice Trujillo, pero este año debido a estrictas leyes inmigratorias, muchos de los hombres vinieron solos, como en este campamento.
Mientras Huber y Justinger preparan la mesa plegable que servirá como altar para la Misa al aire libre, Gardner toca la guitarra y practica los himnos con la congregación, al mismo tiempo que varios de los migrantes le ponen un sabor latino tocando maracas y tambores que los voluntarios trajeron.
Teniendo de fondo un crepúsculo rosa, Trujillo viste su alba y estola, toca su guitarra y cantando da la bienvenida a los trabajadores a la celebración eucarística.
"Es una maravilla ver a la gente tan involucrada en la Iglesia", dice Huber. "Los migrantes aprecian mucho que la Misa se celebra en español y les encanta participar".
Después de la Misa hay otra celebración: compartir la pizza que Trujillo y su equipo trajeron. A pesar que los voluntarios hablan sólo inglés y los migrantes solamente español, la compasión genera comprensión.
Miguel Robles, uno de los migrantes, habla de su vida en el campamento. "Trabajamos de 7 de la mañana a 5 de la tarde", dice, y añade que el dueño fue a México a reclutar los trabajadores y se aseguró que todos tengan permiso legal de trabajo. Robles señala un cajón grande y explica que él y sus compañeros reciben $15 por cada cajón que llenan de manzanas. "Puedo ganar $150 al día, todo depende de la clase de manzanas", dice. "En México ganaría $10 al día". Él y los otros trabajadores envían casi todo el dinero a sus hogares en México.
"Los migrantes llegan sin nada, y dependiendo de la temperatura, pueden pasar dos o tres semanas para que comiencen a trabajar; por eso tienen tanta necesidad desde el principio", dice Trujillo, mientras los migrantes reciben todo lo donado que traen los voluntarios. "Yo distribuyo Revista Maryknoll y libros de devociones en español, que reciben con alegría. Muchos no saben leer o escribir, pero les gusta recibir cosas religiosas. Quieren rosarios y usualmente los usan como collares".
Justinger, quien conduce la preparación sacramental para los migrantes y sus familias, distribuye panfletos que ofrecen ayuda adicional. "Los pongo en contacto con los servicios que pueden obtener, como asistencia médica, educación y ayuda legal", dice. Para ella, noches como esta son fuente de energía para su ministerio. "Adoro estas Misas", dice, "y lo simple que es la gente".
Para Trujillo, su ministerio a los migrantes es una bendición. "Trato de traerles el amor de Cristo", dice, "y ellos me hacen ver el amor de Cristo".
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