En EspañolEl pueblo de las mujeres
By David R. Aquije Fotos de Sean Sprague
Hay una aldea en San Andrés Sajcabajá, en el departamento Quiché en Guatemala, al que los misioneros que sirven en la zona le llaman “pueblo de las mujeres”. Eso, porque la mayoría de hombres emigró a Estados Unidos en busca de trabajo y no ha regresado a vivir con sus familias.
Julia Chach es una de las mujeres indígenas maya que quedó sin esposo en la aldea Agua Caliente. Desde hace 12 años, ha criado sola a su único hijo, 1ahora un joven adolescente.
Agua Caliente es una de 32 aldeas activas de la parroquia de San Andrés Sajcabajá, la cual tiene una población aproximada de 20,000 personas. Pero qué tan cierto es ese dato nadie lo sabe, dice la Hermana de Maryknoll Barbara Noland quién sirve en San Andrés desde 1999.
“Todas son aldeas rurales, algunas en las montañas otras en las partes bajas, donde casi todos se dedican a la agricultura. La mayoría vive en casas de adobe con techos de teja o lámina. Tienen caminos, gracias a un programa del gobierno, y la mayoría, agua potable y electricidad, gracias a la pastoral social de Caritas”, dice Noland, de Denver, Colorado. “Todos son pobres, pero algunos más pobres que otros. Muchos tienen alguien en Estados Unidos quien les envía dinero, lo que les ha ayudado enormemente y lo que se refleja en el creciente número de camionetas que llegan al pueblo el día del mercado. Antes todos venían en bus, a pie, o en mula”.
Cuando llegó a San Andrés, Noland no sólo observó que muchas de las mujeres estaban solas, sino que eran doblemente marginadas por ser mujeres en una sociedad machista y por ser indígenas. “Casi todas las mujeres eran analfabetas, muy tímidas, dudaban al hablar en público y al hacerlo de una manera informal, de una a una, se cubrían la boca con las manos. Cuando llegué no había nadie trabajando en un ministerio con las mujeres”.
Desde entonces, Noland ha trabajado en la Pastoral de la Mujer, un programa que se lleva a cabo a través de talleres mensuales en la parroquia de San Andrés y otras aldeas durante un período de tres años. Su objetivo, que concuerda con un plan diocesano, es promover la conciencia del valor de la mujer y su igualdad con el hombre para que participe en defensa de la vida, la naturaleza y la reconciliación; y promover la formación y el desarrollo personal de la mujer lo que es básico para su misión con su familia y su participación en la vida comunitaria y cristiana.
Después de participar en el programa, muchas de las mujeres crecieron en su autoestima y se volvieron más participativas en actividades parroquiales, cívicas y comunitarias, dice la misionera quien recientemente celebró su 50 aniversario como Hermana de Maryknoll. Varias de ellas se volvieron catequistas o ministras de la comunión y de la palabra.
“Cuando conocí a Julia (Chach) en un taller de promoción de la mujer que inicié a los pocos meses de llegar a San Andrés, ella era muy tímida, le daba vergüenza hablar y hasta se cubría el rostro con su chal mientras hablaba”, dice Noland. “Pero era evidente que quería participar y no sólo escuchar como muchas de las mujeres”.
Gradualmente, Chach superó la vergüenza al hablar y su timidez. Unos años después, ella expresó su deseo de ser catequista ya que no había catequistas en su aldea. Con el paso de los años habló con otras mujeres quienes a su vez tomaron los cursos para delegados de la palabra y catequistas para los sacramentos de bautismo, confirmación y matrimonio. Actualmente, Chach dirige semanalmente celebraciones de la palabra, hace las lecturas cuando hay Misa en su parroquia y continúa participando activamente en los cursos de la pastoral de la mujer.
“Julia continúa siendo una mujer gentil y callada, pero la timidez ¡ya no existe!” dice Noland. “Ella toma la iniciativa para decir las oraciones al principio y al final de las reuniones e inmediatamente ofrece sus servicios cuando se necesitan voluntarios. ¡Ya no se esconde en el chal!”
Noland también dirige, desde hace siete años, el programa de formación pastoral que permite a los feligreses recibir educación religiosa, preparación sacramental y servicios religiosos en San Andrés y las pequeñas aldeas alrededor. En San Andrés sólo hay un sacerdote para dos parroquias, y una Hermana que trabaja a tiempo completo en el ministerio parroquial.
Además del programa de formación pastoral y de la pastoral de la mujer, Noland busca y provee asistencia económica para viudas, algunas con niños pequeños que alimentar y educar. Organiza y prepara bolsas con regalos navideños para los niños de la parroquia, y facilita lentes de lectura, donados por una parroquia hermana en Michigan, Estados Unidos, principalmente para los catequistas y delegados de la palabra. Esa parroquia también asiste en la educación de un grupo de chicas de San Andrés. Cada año, hasta 45 niñas reciben becas para ir a la escuela.
Noland, una enfermera de profesión, ingresó a las Hermanas de Maryknoll en 1959 y realizó sus votos finales en Jacaltenango, Guatemala en 1969. En Centroamérica, ella fue directora de servicios de enfermería en un hospital dirigido por las Hermanas de Maryknoll en Guatemala; y en El Salvador, trabajó con un equipo de formación de líderes en salud rural. En 1978, regresó a la sede de las Hermanas de Maryknoll en Ossining, New York, donde por seis años ofreció servicios de salud para la congregación. En 1986, ella regresó a misión en Guatemala en la selva de Petén. Ocho años después volvió a Estados Unidos para ofrecer servicios a la congregación nuevamente por tres años, hasta que eventualmente llegó a su misión en San Andrés.
El impacto del servicio de la Hermana Noland se ve reflejado en el creciente número de personas que reciben los sacramentos y participan de la vida comunitaria y parroquial en San Andrés, algo que llena de humildad a la misionera.
“Me siento inspirada especialmente cuando veo la dedicación de las participantes de los grupos de mujeres y de los catequistas, ministros de la comunión y delegados de la palabra, a la Palabra Viva de Dios, porque ponen en práctica lo que Jesús enseñó de la manera que ellos lo entienden”, dice Noland. “Y por su sed de aprender más de su fe católica y compartirla con otros. Yo camino el sendero de Dios con el pueblo en una tierra lejos de la mía, para estar con ellos y compartir con ellos las alegrías y tristezas de la vida diaria, aprendiendo y creciendo juntos en lo que significa ser el pueblo de Dios”.